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Hablemos del respeto entre padres e hijos

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Todo buen padre quiere educar hijos respetuosos e intenta enseñarles buenos patrones de conducta en este sentido. Sin embargo, es importante que sepamos distinguir entre respeto y obediencia, pues son dos nociones totalmente diferentes. Un niño puede obedecer a sus padres por muchas razones, no necesariamente porque les respeta. A veces el miedo a ser castigado o el interés por recibir alguna recompensa están en la base del buen comportamiento infantil.

El respeto es una cualidad que nace de la comprensión y confianza que puede haber entre hijos y padres. Y su primera característica es que es recíproco. Los niños aprenden a respetar a sus progenitores en la misma medida en que estos les hayan mostrado respeto humano, lo que permite que se establezca una relación de sensibilidad, basada en la admiración y el afecto.

Un aspecto muy importante es que los padres deben ser personas respetuosas con sus semejantes. Los niños copian todo los moldes que se desarrollen en casa. Padres respetuosos, por lo general, dan hijos que saben respetar y gustan de tratar justamente a los demás.

Mientras más sólida sea la comunicación con nuestros hijos, más franca y libre, más se fomentará un clima de respeto. Especialmente la adolescencia es un momento álgido, cuando los hijos, sin ser aún adultos, necesitan mayores espacios de libertad. Entonces se torna bien difícil que estos acepten nuestros puntos de vistas, validados por años de experiencia.

El único modo en que la familia puede pasar esta etapa sin situaciones drásticas que dejen huellas dolorosas, es propiciando el diálogo respetuoso; defendiendo a capa y espada la idea de que todos los seres humanos tenemos derecho a tener nuestros propios sentimientos y convicciones, y a que se nos acepte y quiera con ellos.

Debe reinar un ambiente de igualdad, de racionalidad, donde se escuche la palabra del otro y se flexibilicen ambos lados de la ecuación. Incluso los niños pequeños, si aprenden a funcionar de esta manera desde bien temprano logran establecer relaciones con sus padres muy saludables, donde la mayoría de los comportamientos del menor son disciplinados sin necesidad de normas rígidas ni imposiciones absurdas que entorpezcan su felicidad.