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Cómo el director de Duro de matar y Depredador terminó en la cárcel por sus «diferencias creativas»

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20th Century Fox

A fines de los 80 y comienzos de los 90 el director John McTiernan era sinónimo de notables películas de acción, de esas que redefinieron y popularizaron el género en esa época, de la mano de grandes estrellas como Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis.

McTiernan era el responsable, entre otras, de Depredador (1987), Duro de matar (1988), La caza del Octubre Rojo (1990), El último héroe en acción (1993) y Duro de matar 3: la venganza (1995). Un currículum considerable.

Un puñado de películas después, ya no tan populares pero aún así destacables (Trece guerreros y The Thomas Crown Affair), y ya entrado el siglo XXI, el director encaró un ambicioso proyecto: el remake de Rollerball (1975), un clásico de culto de ciencia ficción.

Ese proyecto marcaría no solamente su alejamiento del cine, si no también el inicio de una pesadilla de problemas legales y financieros y su eventual estadía en prisión.

(Su última película hasta el momento, Basic —especialmente famosa por volver a reunir a John Travolta y Samuel L. Jackson después de Pulp Fiction—, salió en 2003 y el director la había completado antes de todo el conflicto que sobrevino con Rollerball)

Rollerball, un juego peligroso

La nueva versión de Rollerball se estrenó en 2002, pero hubiera sido mejor si no lo hacía.

Una película ostensiblemente mala e incoherente, casi ridícula, que abandonaba el comentario social y político de la original (ambientada en un futuro distópico —el de 2018—, a diferencia de esta que transcurría en el presente) y se quedaba con la violencia y las escenas de acción completamente vacías de significado e interés.

El desastroso resultado puede adjudicarse, en parte, a la caótica producción de la película y a los grandes desacuerdos creativos que la caracterizaron.

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Columbia Pictures

Los rumores en los pasillos de Hollywood eran que la primera versión del guion de la nueva película era brillante, superior al de la película original, que incluso resolvía algunos problemas e inconsistencias de aquella.

Pero McTiernan, veterano acostumbrado a las películas de acción sin demasiadas sutilezas, creyó que tenía demasiado contenido social y político y que le faltaban más escenas de pura acción, aprovechando ese violento deporte de contacto y velocidad que da título a la película. Así que ordenó reescribirlo.

Allí comenzó una puja entre el director y los productores de esas que nunca terminan bien.

Se editó un primer corte de la película que luego fue cambiado, se eliminaron escenas, se modificaron otras, se filmaron otras nuevas, se hizo una nueva edición... el rodaje se prolongó, aumentó el costo de producción y el presupuesto y se postergó la fecha de estreno.

Sobra decir que el ambiente no era el más apacible, y las tensiones entre los involucrados se cortaban con las filosas hojas de los patines de los participantes del Rollerball.

Así que McTiernan tomó una decisión que le costaría muy caro. Más caro que la película misma, que costó 70 millones y recaudó 25.

¿Qué haría John McClane?

Temiendo que se hicieran cambios en su película a sus espaldas, contrató al controvertido y turbio detective privado Anthony Pellicano para espiar a su productor, Charles Roven, a quien le pincharon su teléfono para escuchar sus conversaciones con otro productor.

Pellicano es una figura que merecería una nota aparte: un investigador que se movía en el ámbito de las estrellas de Hollywood y «solucionaba sus problemas», tomando las medidas que fueran necesarias, legales o ilegales, una especie de Ray Donovan de la vida real, cuyos dudosos métodos eventualmente le valieron, también, una larga condena a prisión, con cargos como fraudes y escuchas ilegales.

Precisamente, fue su relación con Pellicano lo que puso al FBI sobre McTiernan.

Ya habían pasado algunos años desde la problemática producción de Rollerball cuando el FBI llamó a McTiernan para interrogarlo sobre Pellicano. Le preguntaron si tenía conocimiento sobre sus métodos, si sabía si había pinchado teléfonos.

McTiernan dijo que no sabía nada sobre escuchas ilegales, pero el FBI había accedido a una grabación de una charla entre McTiernan y Pellicano en la que ambos discutían la escucha ilegal del productor de Rollerball.

McTiernan fue acusado de mentirle al FBI y condenado a 4 meses de prisión, más una multa de 100 mil dólares. Con la evidencia en su contra, el director se declaró culpable, pero en una nueva instancia tras una apelación, su nuevo abogado le recomendó anular su declaración de culpabilidad, lo que le valió dos cargos de falso testimonio, y después, con el caso reabierto, un tercero, por declarar que había contratado a Pellicano únicamente con motivo de su divorcio.

El juez que consideró el caso observó que el director tenía una actitud de estar «por encima de la ley», que no mostraba arrepentimiento por sus acciones y que estaba «acostumbrado a una vida de privilegios y quiere que siga siendo así».

Tras la repetición de los falsos testimonios, el juez consideró que el director no había asumido la responsabilidad de sus delitos y no se trataba, como podía parecer antes, de una falta de juicio momentánea, así que en una nueva sentencia aumentó la condena a un año de prisión, con tres años de libertad condicional supervisada y una multa de 100 mil dólares.

Después de otros intentos de apelar el caso, y de intentar sin éxito que la fiscalía considere inadmisible la grabación que era la principal prueba en su contra, John McTiernan ingresó en 2013 en una prisión de mínima seguridad en Yankton, Dakota del Sur.

Su esposa reveló a la prensa que el director sufrió de depresión en la cárcel, que había perdido 15 kilos y que estaba emocionalmente devastado.

Sin embargo, después se dijo que estaba aprovechando su tiempo en prisión para trabajar en la secuela de The Thomas Crown Affair.

Cuando estaba preso también cobró impulso la campaña «Liberen a John McTiernan», encabezada por muchos de sus seguidores y a la que se sumaron amigos y colegas célebres, entre ellos Samuel L. Jackson, Alec Baldwin y el director Brad Bird.

Finalmente fue liberado poco antes de cumplir sus doce meses de condena, los que completó con arresto domiciliario.

En el medio de todo esto, John McTiernan se declaró en bancarrota.

En definitiva, la historia de John McTiernan es bastante insólita y desafortunada, pero lo peor es que si se hiciera una película sobre su vida, él no sería el director adecuado. Le sobra drama y le falta acción.

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