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Las gotas de lluvia que dieron forma a las flores

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iStockphoto/Thinkstock

Charles Darwin fue un auténtico visionario. Con su extraordinario sentido de la percepción, el padre de la Teoría de la Evolución propiamente dicha expuso un sinnúmero de conclusiones basándose exclusivamente en sus observaciones. Una de estas observaciones sostenía que las flores habían evolucionado según el clima, y que las formas de las mismas estaban directamente influidas por factores climáticos.

Sin embargo, nadie había tenido los medios, el conocimiento o el interés para demostrarlo hasta hoy, cuando Yun-Yun Mao y Shuang-Quan Huang de la Universidad de Wuhan en China decidieron realizar un conjunto de observaciones en torno a la evolución de las plantas y sus flores, demostrando que las flores evolucionan de forma diferente con el objetivo de no dejar que su polen se moje.

Analizando una muestra de ochenta especies, los dos investigadores expusieron a diferentes climas a todas ellas para conocer sus respuestas. Los botánicos observaron que en algunos casos las plantas creaban una suerte de techo con sus pétalos para impedir que el polen se moje, y en otros casos las flores desarrollaban polen a prueba de agua.

El polen es fundamental en la reproducción de las plantas, y éste necesita del viento para poder recorrer el cielo en busca de flores que fecundar. Pero si se moja, el polen puede perder volatilidad, impidiendo la reproducción de la planta. La conclusión del estudio es que justamente para ello las flores moldean su forma, intentando que su polen no resulte estropeado por las gotas de lluvia.

La investigación resulta importantísima no sólo por ser el primer intento empírico de demostrar este presupuesto darwiniano de la evolución de las pantas, sino que porque una vez más nos demuestra que la evolución está en todo, en todas partes, y que es una gran masa que ocupa todos nuestros rincones y determina absolutamente todo lo que entre en la categoría vida.