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Hurgando en el caparazón de las tortugas

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iStockphoto/Thinkstock

Uno de los animales al que los seres humanos debemos envidiarle cosas es a la tortuga. Primero por vivir tantos años. Y segundo por contar con uno de los escudos más potentes de todo el reino animal: un caparazón que la hace invulnerable a la mayoría de los ataques provenientes de otras especies.

Analizando el desarrollo embrionario de las tortugas, investigadores japoneses del Centro Riken para la Biología del Desarrollo en Kobe, Japón, han dado dos pasos fundamentales en el conocimiento de estos reptiles: el primero, en relación a su constitución física, y el segundo en relación a su historia evolutiva.

Los investigadores observaron que durante las primeras fases del desarrollo embrionario de las tortugas, éstas tienen sus músculos en la misma posición que otras especies (por ejemplo los pollos), pero a medida que el embrión va tomando forma, la tortuga genera un proceso de constitución física que deriva en su caparazón.

En determinado momento de su desarrollo, los embriones dan comienzo a un proceso de inmersión dentro de sí, el cual consiste en meter las partes del cuerpo hacia el centro, empujando las costillas hacia afuera, que en un futuro devendrán en lo que es el duro caparazón. Este proceso es único y diferencial de las tortugas.

A partir de esta observación se ha podido confirmar que la tortuga de hace 220 millones de años encontrada el año pasado en China que tenía solamente la parte inferior del caparazón, se encontraba en la mitad del proceso evolutivo de las tortugas.